Naturaleza

Casi tan nosotros como nosotros.

Antes, cuando veía a alguien mayor hablando con su perro o gato como si este fuera una persona, pensaba que era una excentricidad, una anormalidad, un pequeño delirio que la sociedad admitía con complacencia porque lo interpretaba como causa de la necesidad de ahuyentar supuestos fantasmas de soledad, pero que el perro o gato no eran más sustitutos del afecto en ausencia de seres humanos que pudieran darlo.

Un día llegué a casa cansado, de noche, después de tres días de viaje, y mi gato me miró, desde la distancia, y yo dejé la maleta en el suelo y me agaché, sabiendo que al agacharme él vendría para establecer contacto y saludarnos. Entonces él se acercó y yo lo acaricié, y él buscó con su cabeza mis manos, y yo le rasqué detrás de las orejas, y él me lo agradeció ronroneando, y mientras nos reconocíamos pensé lo muy cercanos genéticamente que estamos, mucho más de lo que nos parece.

Mientras notaba su calor, que es muy parecido a mi calor, amplié la perspectiva y salí del planeta Tierra, y abandoné el sistema solar, y viajé por el espacio, más allá del tiempo, como sucedía en 2001: Una odisea en el espacio, y perdí contacto con el planeta, como en Interestelar, y me imaginé entonces en una galaxia lejana, ya sin tiempo, ya perdido irreversiblemente el contacto, y que allí estábamos, mi gato y yo, alejados de la Tierra para siempre, aislados de cualquier sistema viviente reconocible, y entonces me pareció que él y yo allí sentiríamos lo mismo, la misma angustia, la misma incertidumbre, la misma necesidad de estar juntos, de notar el calor el uno del otro, la misma añoranza por el mismo planeta, por salir a respirar el oxígeno en una noche estrellada de verano, por sentarnos al calor de la chimenea en un frío día de invierno, y tuve la profunda convicción de que éramos criaturas prácticamente idénticas, que somos casi lo mismo.

Provenimos de los mismos ancestros. Fuimos peces, vertebrados acuáticos, y salimos juntos del agua, para convertirnos entonces en tetrápodos, mamíferos, seres de sangre caliente, que cuidamos de nuestras crías, que necesitamos del afecto de nuestras madres, que establecemos fuertes lazos sociales con los nuestros, que sentimos curiosidad, que jugamos de pequeños y buscamos reposo cuando nos hacemos viejos, que sentimos hambre, sed, miedo, pánico, placer, ganas irresistibles de salir a explorar el mundo o de regresar a casa cerrar los ojos y dormir en un rincón caliente y confortable.

Somos prácticamente idénticos, compartimos más del 90% de nuestro genoma y el 90% de nuestra historia en el planeta. Si él y yo fuéramos los únicos seres ubicados en un lejano planeta de una lejana galaxia, nos volveríamos a reconocer y añoraríamos exactamente lo mismo y, sin necesidad de hablar con las mismas voces, hablaríamos el 90% del mismo lenguaje y, a pesar de ser de dos especies distintas, compartiríamos el 90% de nuestros sentimientos, y agradeceríamos nuestra mutua compañía, como si perteneciéramos al mismo grupo, al mismo clan, a la misma familia.

Yo creo que cuestiones como la ética, el compromiso o la responsabilidad, no son más que invenciones sociales humanas, acuerdos, que sirven para mejorar nuestra convivencia, pero que nada tienen que ver con la realidad. En mi opinión cuestiones como la trascendencia en el futuro de la humanidad, o el dramatismo de nuestra existencia como criaturas efímeras, mortales, no existe fuera de nuestra condición humana. Creo que trascendencia o el drama lo introducimos en el cómo miramos las cosas, pero que no tienen nada que ver con las cosas en sí mismas. Creo que, como decía George Santayana, vivimos dramáticamente un mundo que para nada es dramático.

Sin embargo, aun desde esa convicción, pienso que si somos consecuentes con nuestras propias reglas inventadas, y desde esa ficción, movidos por el sueño irreal de lo trascendente, o por alejar el fantasma de lo dramático, pretendemos construir para nosotros una sociedad inclusivista, abierta, utópica, socialmente ideal, ellos deberían estar dentro, no fuera, deberíamos incluir en nuestros planes a todas esas criaturas que se parecen tanto a nosotros, que son, de algún modo, nosotros, porque en algún punto de la evolución fuimos -y por lo tanto somos- prácticamente lo mismo.

Hoy cuando veo a una persona mayor, sola, en casa, que le habla a su perro o a su gato como si fuera una persona, ya no quiero ver en ello un delirio o una excentricidad, sino un acto universal y magnífico y precioso de comunicación entre especies. Por supuesto que hemos de hablar con ellos. Mi gato, cuando llego de viaje, cansado, y me mira, y yo me agacho, y él pone su cabeza entre mis dedos y yo noto su calor, percibo que no es algo trivial, sino un acto profundo y universal de reconocimiento que tenemos las criaturas del planeta Tierra. Significa que estamos juntos, que nos hemos encontrado y que nos reconforta el encuentro. Y cuando eso sucede tengo la convicción, humana, inventada, fantasiosa, pero convicción a fin de cuentas, de que ese acto es inmensamente trascendente, aunque la trascendencia no exista más que en un rincón de mi mente.

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